La muerte de los últimos dioses.

Contemplaba, con nostálgica quietud, aquella figura gigante el páramo desértico que ahora era su hogar.
El viento agitaba los harapos que cubrían su desnudo cuerpo de diosa, y entre ellos se enredaban, danzantes, sus carmines y despeinados cabellos.
Se movía con lenta ligereza mientras sus ojos repasaban las siluetas de las pequeñas construcciones en la lejanía. Aquella tierra que un día había sido vasta, verde y plena no era ya más que el dejo de lo que solía ser: una pila de ruinas, polvo y arena. Su gente, que tiempo atrás solía venerarla, había perdido la fe y, con ella, la virtud que la sostenía.
Agrietada y solemne, reposaba sobre una roca, esperando... esperando al loco y pequeño ser que la viera, que alzara la vista y le ofreciera de beber del santo grial; que le entregara el divino manjar capaz de devolver a su etéreo cuerpo el brillo primordial.
Duermen aquellos que son olvidados.
Su piel se resquebraja y cae a pedazos mientras, en el silencio del desierto, nadie oye su llanto.
No son omnipotentes ni omnipresentes los dioses sin voluntades mundanas que los veneren, pues su ambrosía, en estos tiempos, escasea, y con ella se desvanece su presencia.
La última diosa del páramo perecía entristecida, contemplando cómo, poco a poco, su fuerza desaparecía. Y en un último acto divino, llenó aquel lugar árido con sus lágrimas y, con sus últimas chispas sagradas, creó un oasis donde sus restos descansarían hasta que algún día alguien volviera a llamarla por su nombre.
Comentarios (1)
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Iniciar sesiónOmg como es de bello describir la decandecia y la perdida completa de fe.